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A estas alturas del mes de julio, ya son muchos y muchas las personas que disfrutan de sus merecidas vacaciones de verano. Hay veces que llegamos con tanta ansiedad a este momento, que cuando nos hemos dado cuenta ya tenemos que reincorporarnos al curro. Otros lo planifican todo tan al dedillo, que cualquier imprevisto les supone un disgusto y les chafa las vacaciones. Los hay tan improvisados que hasta el último día no deciden dónde ir y compran solo el billete de ida.

A mí, este año, me ha dado por recordar cómo vivía yo el verano cuando era niña, qué hacía, cómo lo sentía, cuáles eran mis expectativas y, en definitiva, por qué ahora no puedo disfrutar de estos días tal y como lo hacía cuando llevaba el corcho atado a la espalda para flotar cual botella mensajera.

Lo primero que me he dado cuenta es que por mucho que recuerde, que tire de fotos o películas en super 8mm para traer al presente esas sensaciones cuando se acaba el álbum o la proyección sigo siendo la misma pegada al sillón, con los lagrimones de nostalgia y cierta autocompasión que acallo con un buen saco de pipas y un cubo de helado de chocolate.

Así que he decidido cambiar de estrategia y pasar a la acción. Uno de los clásicos del verano es el Tour de Francia. Tres semanas de pedaleo constante y continuo; en llano y montaña; rectas y curvas; asfalto y adoquines y ahí están los ciclistas luchando por esa camiseta amarilla durante veintiún. Esa es la clave, lo hacen todo por etapas. Inspirándome en esta prueba deportiva, he organizado mi verano en varias fases para disfrutar como lo hacen los niños y las niñas.

El viaje a la espontaneidad en 7 etapas

1ª etapa. Conectar con el instinto. Las vacaciones son una época estupenda para dejar a un lado los horarios, los timetables, las schedules y las agendas. De vez en cuando está bien dejarse llevar por las sensaciones corporales. Levantarte cuando te lo pida el cuerpo, comer cuando tengas hambre, beber cuando tengas sed y dormir cuando te apetezca. De esa manera, vas a permitir a tu mente lógica y aplastante que descanse de tanta obligación y descubrirás aspectos tuyos que desconocías.

2ª etapa. Derritiendo los complejos. Seguimos poniendo la atención en nuestra piel. Cuando el termómetro sube por encima de los treinta grados, ya nos ponemos serio para hablar del calor. La ropa se aligera y se encoje hasta la mínima expresión que es el bañador o el bikini. Los niños no entienden de gordura, ni abdominales, ni de pecho plano, ni de vellos, ni depilaciones estéticas. Intentemos por un día ser como ellos, olvidarnos de cómo nos queda el bikini, de los “flotadores” naturales y disfrutemos chapoteando en el agua y jugando con las olas, (importante, no olvidar quitarnos la arena del bañador antes de salir de la playa).

3ª etapa. Hablar por hablar. Casi todas las ciudades experimentan algún tipo de movimiento. Trasiego de gente que viene y va, que está de paso o que nunca se va. En cualquier caso, hay oportunidad de conversar con gente diferente, de otros lugares con las que charlas ensalzando las excelencias de tu sitio y a las que escuchas contando las maravilla de otros paisajes con los que sueñas visitar. Practicar la charla mirando a los ojos de otra persona y sin estar pendiente del reloj puede ser una experiencia muy placentera. Como los niños, que hacen equipo en la orilla para constuir castillo o jugar a la pelota, disfruta del momento como si fuera único.

4ª etapa. La gulosa que hay en mí. Helados y batidos; espetos y tinto de verano; pizzas artesanas y lambrusco; tallarines picantes y cerveza local; carne de retinta y vino del terreno y para rematar, ese impresionante desayuno buffet del hotel al que llegas hambriendo y sales rodando con la promesa de no volver a comer en una semana. La propuesta es disfrutar de sabores nuevos sin poner en peligro nuestro sistema digestivo. La propuesta es practicar lo que se puso tan de moda algunos años, “slow food” o comida lenta. Paladear cada bocado, sentir cómo nos refresca la bebida y dejar que el cuerpo sacie su necesidad de alimentación dándole un toque exótico y diferente al manido de los “treintaminutosparacomerquetengoquevolveralatarea”.

5ª etapa. Los reyes de la noche. Uno de los momentos del día que más me gustan del verano es a partir de las ocho de la tarde. Cuando la mayoría de la gente, sobre todo los veraneantes, salen a la calle a lucir moreno (algunos lucen salmonete, aunque eso forma parte de esta época). El Paseo Marítimo se convierte en un gran gusano multicolor en el que se mezclan los olores de los jazmines y las damas de noche con los aires de los perfumes. Y sales estrenas tu vestido o tu blusa o las bermudas exclusivos de vacaciones. Deja la máscara en casa y déjate seducir por tu propio encanto.
6 ª etapa. Baila hasta perder el control. Aprovecha esas noches de pachanga en las terrazas para bailar hasta desencajarte o apúntate a unos de esos festivales veraniegos en los que se mezclan las edades y las clases sociales y déja salir el marchoso y la marchosa que hay en ti. Siente lo que es moverte sin el encorsetado del traje de chaqueta, los ejecutivos o los tacones. Los niños sienten el ritmo y lo expresan con su cuerpo, déjate llevar por la escala musical hasta inventar un nuevo pase de baile.

7ª etapa. Desmovilízate. He visto en la playa unas bolsas de plástico para guardar todos los aparatos electrónicos. Intenta dejar el móvil lo más lejos posible. Si puedes, a ver qué pasa. A ver que pasa cuando tu móvil se queda sin batería o sin cobertura, ¿acaso eres tú el que queda desconectado del mundo exterior? Pues aprovecha para viajar hacia tu mundo interior y empieza por la 1ª etapa.

Los niños son nuestros maestros, porque ellos disfrutan del momento presente y así van construyéndose así mismos. Da gusto verlos en la orilla jugando con las olas, desternillándose de risa cada vez que el agua les alcanza la punta de los dedos de los pies, o la ilusión con la que hacen los castillos, una y otra vez, sin importarles que la marea se los lleve. En nuestro desarrollo personal es importante que demos un espacio para la libertad y la espontaneidad de nuestras sensaciones y necesidades. Permitámonos ver la vida con ojos inocentes, aunque solo sea durante las vacaciones de veranos, dejemos que nuestro niño o nuestra niña interior juegue con el sol mientras haya luz.

¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste como un niño? ¿Te atreverías a vivir el verano con otros ojos? ¿Le has preguntado alguna vez a tu niña interior qué es lo que le gustaría ser?