Ríos de tinta han corrido en torno a este adverbio bisílabo. Y es algo tan simple como: la ene con la o: no. Dicho así, queda hasta borde. Sin embargo, no es no, incluso su grafía y fonema resulta similar en diferentes idiomas.  Aunque, yo he aprendido que un no rotundo puede ser grosero. Una aprende que está feo decir no a mamá o papá. Que a la autoridad hay que obedecerla. Y que, en ocasiones, decir no es de cabezona, egoísta y de niña chica. A veces resulta sorprendente la facilidad con la que bebés de dos años dicen no y la dificultad tan grande que tenemos los adultos, algunos, no todos, en ocasiones, para decir no. ¿Qué es lo que nos pasa en ese período de transición de la infancia a la edad adulta en la que perdemos la habilidad de expresar una negativa en firme? En este artículo podría contarte la de situaciones surrealistas, incluso poniendo en riesgo mi integridad y mi salud mental, que he vivido por no escucharme y no expresar un no rotundo a tiempo, sin embargo, te resultará más interesante, si hablo sobre la importancia de practicar una comunicación congruente para que puedas decir no y no morir en el intento.

Eso no se dice

Los humanos, cuando somos cachorros, aprendemos a decir no en torno a torno a los 24-30 meses de edad. Es más, en esa etapa, es casi nuestra palabra favorita. Al mismo tiempo, empezamos percibir que decir no puede llegar a ser exasperante para los que nos rodean.  Así, que para mantener comida y techo, porque a esa edad somos totalmente dependientes de nuestro entorno, también aprendemos cuándo, con quién, dónde y cómo podemos decir no.  Este aprendizaje será nuestra referencia para expresar el no el resto de nuestra vida. O lo que es lo mismo, para marcar límites.

Y una de las primeras lecciones que recibimos cuando decimos no es que:

  • El  primer no, puede resultar hasta gracioso para los otros.
  • El segundo no, el otro te dice: ¿de qué vas?.
  • Y después del tercero la cosa sube de tono: He dicho que sí y es que sí.

Y paralelamente, también aprendemos que, a veces, nuestras negativas caen en saco roto, ni siquiera se admiten como principio de negociación:

  • “Tú no le hagas caso, que ahora le ha dado por decir que no a todo”.
  • “Eso son chorradas.”
  • “Tú, por llevar siempre la contraria.”

En conclusión: aprendemos que el contexto y la jerarquía importa. Que no es lo mismo decir que no a un amiguito de la guarde, a la maestra, que a un hermano o que decirle no a mamá o a papá.

No soy como tú

Cuando decimos no, realmente lo que estamos haciendo es marcar un límite. Puede ser de pensamiento, emoción o acción.

  • “Yo no pienso como tú”.
  • “Yo no siento como tú”.
  • “Yo no hago como tú”.

Nuestros primeros balbuceos del no van a ser para diferenciarnos del resto del clan. Para demostrarles que somos diferentes a ellos, que podemos hacer cosas sin ellos, que discrepamos con sus gustos, incluso, en ocasiones, tenemos ideas opuestas a ellos. Si el clan es flexible, aceptarán tu no, aunque con ello te estés posicionando frente a el clan. Y si el clan es rígido, aceptarás su no, con tal de ser aceptado en el clan.

Esto, que no es ni bueno, ni malo en sí mismo, marca impronta.

La impronta del no

Esta conducta aprendida en el entorno de aprendizaje  se interioriza como modelo cuando salimos a la sociedad. Y nos sorprende comprobar cómo hay personas que no se enteran cuando les decimos que no, otras que no los aceptan, por mucho que lo repitamos y otras, a las que ni siquiera les importa la posibilidad de que podamos decir que no. En esas circunstancias, no se trata tanto de decir no al otro, sino de decirte no a ti mismo o a ti misma.

¿Qué hacer ante la dificultad de que el otro me acepte un no? Porque el verdadero problema, no es decir no. El verdadero problema, la mayoría de las ocasiones, es el miedo a la reacción del otro cuando decimos que no. Porque, puede ser, que hayas aprendido que decir no puede tener consecuencias graves para tu supervivencia.

  • “Si no te pones la ropa que te puesto sobre la cama, te quedas en casa. Sola”. (Eres responsable de tu soledad).
  • “Si no quieres jugar con tu hermano, mamá no te quiere”. (Eres responsable del rechazo de mamá).
  • “Si eres desobediente, papá no te quiere”.  (Eres responsable del rechazo de papá).
  • “Si no me das un beso, mamá se pone triste”. (Eres responsable de la tristeza de mamá).
  • “Si no duermes, el abuelo no descansa”.  ( Eres responsable del cansancio del abuelo).

Y desde ahí, se hace muy difícil elegir libremente. Porque con la supervivencia no se juega. Ni se trapichea. Al menos, eso percibe un niño o una niña de apenas tres años cuyas necesidades básicas para vivir van a depender de quienes ejercen la crianza.

Entrenando cómo decir no y no morir en el intento

Si te ha pasado esto en alguna ocasión, que te cuesta decir no por miedo a las consecuencias o porque has tenido pocas oportunidades de poner límites, te voy a proponer un enfoque que, aunque alguien pueda tildar de egocéntrico, quizás te resulte más fácil entender por qué tienes todo el derecho y el permiso del mundo para decir no.

Una manera de comenzar a poner límites, conceptuales, emocionales o de conducta es reconocer cuál es tu necesidad en ese ámbito.

Realmente cuando dices que no, estás atendiendo a una necesidad tuya:

  • “Yo tengo otros pensamientos diferentes a los tuyos”.
  • “Yo tengo  otra percepción de los hechos”.
  • “Yo experimento otras emociones, que distan mucho de parecerse a las tuyas”.
  • “Yo hago las cosas diferente a como tú las haces”.

Esa es una manera de decir no. Y tus necesidades son indiscutibles. Si te cuesta decir no, quizás te puede ayudar adoptar una actitud un poco más egoísta. A ver qué pasa. A partir de ahí y dependiendo de las voluntad de las partes, se puede abrir negociación, en las que todas los actores implicados exponen sus argumentos en búsqueda de un entente cordial para que la satisfacción sea general. El famoso win to win.

Aunque hay un aspecto muy importante que hay recordar: la jerarquía del no. Para poder decir no de una manera asertiva, empática, integrada, coherente y congruente, es necesario un aprendizaje previo o un contexto que facilite el diálogo, más allá de los juicio de valor. En caso contrario, cuando encontramos un contexto en el que las relaciones personales están desequilibradas, a veces es más complicado decir no en voz alta, porque tenemos miedo a las consecuencias.

Esto, que tampoco es bueno ni malo en sí mismo. También marca impronta.

¿Cuándo fue la última vez que dijiste un no en firme?¿Cuántas veces te has tragado un no?¿Qué es lo que te lleva a callar y asumir cuando lo que quieres es decir no?

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