Decir no es todo un arte. Y  más arte aún es decir no sin sentir culpa. A mí, he de confesarlo, siempre me ha costado mucho porque tengo la sensación de que al decir no me estoy perdiendo algo. Y me cuesta sobre todo en asuntos de trabajo: es como si no supusiera cerrarme una puerta para siempre.

Sin embargo, en los últimos tiempos le ando cogiendo el gusto a eso de decir no sin sentir culpa. Quizás sea que me he dado cuenta de que muchas veces cuando digo sí me estoy traicionando a mí misma. ¿Que como me traiciono? Cuando abrí Viventi lo hice para hacer aquello con lo que vibro, que me gusta, que me hace disfrutar. Por eso es necesario decir a veces no y mejor que mejor si se dice no sin sentir culpa.

Hay síes que me alejan de ese propósito, cada vez lo tengo más claro. Así que decir no tiene mucho de serme fiel a mí misma, de escucharme, de hacer caso. Y también de focalizar la energía en lo que en realidad quiero.

Cuando digo sí para no sentirme mal es cuando no hago las cosas desde el corazón. Aparece, en mi caso, el enfado al hacer algo que me he comprometido a hacer y que, en realidad, no me apetece hacer. Aparece el desasosiego, el cabreo y no lo hago, como debiera, desde el corazón. Lo hago desde un lugar feo, relacionado con la obligación.

Cuando digo sí sin querer decir sí tengo la mirada más puesta en los otros que en mí. Hay veces que toca hacer cosas para los otros, no me cabe la menor duda, pero ese hacer cosas para los otros ha de ser sostenible para ti y de ahí que sea importante volver la mirada hacia lo que quieres tú, no hacia lo que desean los demás.

Decir no sin sentir culpa

Está claro que en la vida también hay obligaciones que tenemos que asumir como nuestras. Está claro que es necesario hacer cosas que nos desagradan porque esas cosas forman parte de la vida, como fregar o como lavar los platos. Pero para mí en el trabajo se establece un límite fuerte: si yo no lato con lo que hago, si no creo en eso que hago, me es muy difícil defenderlo y sacarlo adelante como me gusta sacar algo adelante.

Aprendí mucho sobre la necesidad de decir no sin sentir culpa al leer en el libro el  ‘Juego de interior del estrés’ una especie de cuento: imagínate que tienes un jardín, en el que has sembrado bellas flores, pero esas flores no crecen porque durante años ese jardín ha sido un atajo para llegar a la estación de tren y desde siempre todos los habitantes de ese pueblo están acostumbrados a atravesar el jardín y pisotearlo para llegar a la estación. Por este motivo es imposible que esas flores crezcan. La única solución es decirles a tus vecinos que, por favor, no pasen por ese jardín.

Al principios los vecinos protestan: «Hay que ver que siempre hemos podido atajar por este jardín para llegar hasta el tren y ahora nos han dicho que no pasemos más». Sin embargo, con el paso del tiempo, se acostumbran a rodear la cerca que delimita el jardín para llegar hasta las vías del tren y a disfrutar de las bellas flores que lo pueblan.

Esta semana llevo dichos varios ‘noes’ y me quedan unos cuantos más. Supone un gran alivio el poder decir en voz alta y clara ‘no’, ‘hasta aquí’, ‘no quiero esto en mi vida ni en mi trabajo’. ¿Pruebas a hacerlo?

Me encantaría que me contaras cómo haces tú para decir no sin sentir culpa.