«No quiero estar triste, quiero estar bien», me decía el otro día una conocida que estaba pasando un duelo bastante reciente a la vez que me pedía consejo para controlar sus emociones, desterrar la tristeza y para lograr ya esa tan ansiada felicidad.

Lo veo cada día. Lo veo en mis clientes. Lo veo en los alumnos nuevos que llegan a Viventi para formarse como coaches. Lo veo en la calle. Veo una cada vez más extendida e implacable idea de que lo importante es ser positivo porque si somos positivos todo irá bien. 

Para ser positivo es necesario sacrificar esas emociones que llamamos sin serlo negativas y que en realidad están ahí para decirnos que hoy estamos vivos y que mañana estaremos muertos, que esto, por mucho que nos joda, tiene una fecha de caducidad y que la única opción es vivir el presente, el aquí y el ahora.

Son emociones que están ahí para recordarnos que a veces la vida nos da, a veces nos quita y a veces es tibia y aburrida como un mar en calma.

Son emociones que están ahí para recordarnos que estamos vivos.

Porque, ¿sabes quienes son los únicos que no sienten? Los muertos.

¿Y sabes quienes son los únicos que siempre están bien? Los inconscientes. Los que no tienen conciencia sobre sí mismos.

Las emociones, un termómetro

Las emociones son un termómetro. Nos protegen y nos advierten de que juntarnos demasiado con tal o cual persona acaba cargándonos o que ese lugar donde sientes tanta incomodidad tu cerebro y tu cuerpo lo perciben por alguna razón como un territorio hostil. El miedo a veces está presente para darlte la mano y para probarte que, aunque esté ahí, puedes dar ese paso que tanto te impone y superarlo, al igual que en tu infancia te probabas montándote en la montaña rusa y sentías el orgullo al bajarte y darte cuenta de la gesta que habías completado.

Hace unos días vi una charla TED de Susan David titulada ‘El don y el poder del coraje emocional’ en la que habla precisamente de esto, de cómo la falsa positividad se está convirtiendo en una plaga. Cuenta ella en esta charla que en una encuesta realizada a 70.000 personas un tercio confesó que se juzgaba por tener eso que denominamos «malas emociones», como la tristeza, la ira o incluso el dolor.

Un tercio de esas 70.000 personas intentaba dejar de lado esos sentimientos, no verlos, enterrarlos. Cuando los que se encontraban tristes, enfadados o con dolor eran sus hijos, intentaban encontrar rápidamente una solución para que no tuvieran que sentir la tristeza, el enfado o el dolor.

La tristeza, el enfado o el dolor son emociones normales, intrínsecas a la vida, sin que sean buenas o malas. Y dejarlas de lado implica dejar de lado también una parte de la vida, con todo lo que ello conlleva. Esas emociones en ocasiones son el drenaje de las pérdidas, de los momentos duros,  de las decepciones e intentar controlarlas es tan inútil como intentar hundir una tabla de surf bajo el mar.

Hundir las emociones

¿Alguna vez has intentado hundir un tabla de surf bajo el mar?

Puedes tenerla bajo el agua unos segundos, quizás minutos, pero en el momento en el que llega una ola más fuerte, esa tabla de surf sale disparada hacia arriba.

Lo mismo sucede cuando intentamos controlar las emociones. Enterrarlas, hundirlas. En el momento más inesperado salen disparadas y se expresan de forma contundente, a veces a través del llanto, a veces a través del enfado, en otras a través de la ansiedad o el estrés y en ocasiones a través del cuerpo que acaba somatizando en forma de enfermedad esas emociones que hemos intentado enterrar.

Lo veo a diario en mis sesiones de coaching wingave, en la que precisamente trabajamos con esas emociones que se han quedado atascadas y las liberamos para que dejen de jodernos la vida.

Vivir esas emociones nos lleva al aprendizaje de algo nuevo y valioso.

Vivir esas emociones nos ayuda a pasar página.

Vivir esas emociones nos lleva a darnos cuenta de algo que se convertirá en un tesoro para afrontar otra situación parecida.

Porque la única manera de dejar atrás esa emoción, es vivirla, mirarla y darle salida para que pueda convertirse en algo nuevo.

¿Cómo te llevas con tus emociones? ¿Qué piensas sobre ti cuando aparece la tristeza, el miedo o la ira?