La incomunicación. Así mencionada, fuera de contexto, la incomunicación es un concepto denso, al menos a mí me lo parece, espeso, profundo. Sinónimo de aislamiento, de soledad o incomprensión si me apuras. Para mí, hablar de  incomunicación es hablar del lado oscuro de la evolución.

Hoy en día, hablar de incomunicación es hablar, entre otras cosas, del efecto de la irrupción de las nuevas tecnologías en nuestro modo de vida. Y planteado así, ya resulta un discurso conocido. Podría hablar de la tiranía del “me gusta”, del aislamiento social y de la brecha tecnológica. Sin embargo, en este artículo, me gustaría hablarte del embrutecimiento personal que supone la adaptación a los nuevos modos de comunicación.

A todo cambio le sigue un proceso adaptativo, y en todo proceso adaptativo se producen cambios

El proceso de la evolución humana está lleno de pérdidas e incorporaciones. En el ámbito de la comunicación, por ejemplo, el humano ha hecho adaptaciones a favor del lenguaje y la comunicación en detrimento de otras competencias o rasgos, como la pérdida de capacidad de memoria o el vello facial.

La pregunta ahora es: ¿Qué habilidad estamos dejando en segundo plano para adaptarnos a la manera de funcionar de las máquinas? ¿Estamos embruteciendo nuestra manera de comunicar limitándonos a la carita de emoticono feliz o a la caquita con ojos? ¿Estás perdiendo tu capacidad de respuesta a favor de una reacción instintiva y automática?

No estoy aquí para debatir sobre el uso o mal uso de las nuevas tecnologías aplicadas a la comunicación, aunque sí me gustaría compartir contigo esta reflexión sobre las consecuencias de la incorporación de una nueva manera de relacionarte con el mundo. Y digo nueva, relativa, desde el siglo pasado, cuando llegaron para quedarse el teléfono móvil, el correo electrónico, las redes sociales y los programas de mensajería instantánea.  En este sentido, la habilidad de comunicarnos a través de las máquinas todavía está en niveles de primaria, en general.

Las redes sociales y la vida real

Ahora estamos más conectados que en cualquier otro momento de la historia conocida. La conexión es importante y hay actividades profesionales y circunstancias personales que han ganado mucho en condiciones laborales y calidad de vida gracias a las posibilidades de conexión. Dicho esto, vayamos a lo concreto y cotidiano que es lo que nos ocupa.

¿Por qué digo que el uso de las nuevas tecnologías de la comunicación nos está embruteciendo? Déjame que te desarrolle dos de mis argumentos:

Las redes sociales y la vida real. Últimamente he oído en diferentes foros distinguir entre “lo que sucede en las redes sociales” y “la vida real”. Sinceramente, aún estoy intentando dilucidar la diferencia.

Hasta donde conozco, lo que sucede en las redes sociales también es la vida real. Quizás te suene obvio y evidente, aunque he pensado que era importante señalarlo como un punto destacado de la influencia que tiene este hecho en la formación de creencias sobre la identidad personal y paradigmas sobre el contexto y entorno en el que vivimos, crecemos y nos relacionamos.

Las reacciones y las respuestas. La comunicación eficaz, sea por el medio que sea, se fundamenta en respuestas. Una respuesta es una contestación a una demanda. Una respuesta siempre es reflexiva y responde, valga la redundancia, a un objetivo. Las reacciones son autómaticas, impulsivas y responden a un estímulo externo de manera instintiva. Cuanto más reflexionamos, somos más humanos; cuanto más reaccionamos, somos más “animalitos”, más instintivos.

El modelo de comunicación actual está basado en máquinas, programas y aplicaciones de comunicación que tienen entornos “intuitivos” y visuales y eso ayuda a una rápida ejecución, sin tener que pararme a comprobar a qué botón le doy: “porque los algoritmos se adelantan a mi pensamiento”. Y este hecho que, seguro que es muy beneficioso en según qué área y qué momento, en la comunicación interpersonal, a medio y largo plazo, es un obstáculo para el entendimiento.

La incomunicación, el lado oscuro de la evolución

 En la actualidad, las nuevas tecnologías facilitan la conexión, al tiempo que definen nuevos modelos de comunicación. Modelos basados en cómo funcionan las máquinas, y en lugar de adaptarlas a nosotros, nos adaptamos a ellas. Y de esa manera pasamos de un cambio de conducta a un cambio de paradigma.Por ejemplo, si me acostumbro y aprendo a redactar mensajes con la escritura predictiva (conducta), también quiero que las personas que me rodean se acostumbren y aprendan a predecir lo que quiero (paradigma).

Si me acostumbro y aprendo recibir reacciones inmediatas (conducta), espero que el resto del mundo reaccione de manera inmediata a mis demandas (paradigma).

Si aprendo a proyectar una imagen parcial de mí en una “red social” (conducta), acabo comportándome en la vida real de manera parcial (paradigma).

A veces no somos conscientes de cómo la repetición de una acción cotidiana puede moldearnos, crear hábitos, costumbres y leyes. En la actualidad, la competencia de comunicación humana está muy influenciada por la tecnología. Este hecho en sí mismo no es ni bueno ni malo. Sin embargo, observo, con curiosidad y afán investigador, cómo estamos cada vez más pendientes de las máquinas que de las personas. Cómo nos reímos más con las reacciones virtuales que con los hechos presenciales.

Y cómo ya no nos importa la calidad de nuestra comunicación, sino la cantidad de información.

¿Crees que el uso del teléfono móvil te aleja o te acerca a tu entorno? ¿Eres de responder o reaccionar?¿Te desenvuelves mejor en las redes sociales o en la vida real?