Todo evento necesita una persona que centralice la coordinación del mismo. Que esté al tanto de los detalles más pequeños, al mismo tiempo que mantiene una visión global de todo el escenario. Que conozca todas las entradas y salidas del espacio para aligerar esperas inútiles y para facilitar una vía de escape discreta y eficaz. Y todo evento que se precie, necesita a una persona que se dirija a cada invitado por su nombre, felicite los cumpleaños, los reales y los inventados, arrime su hombro a quien lo necesite y sepa leer el corazón humano. Esta persona es nuestra maestra de ceremonias.

La maestra de ceremonias gestiona, coordina y ejecuta todo lo necesario para que la vida fluya a su alrededor con una coreografía espontánea al son de las pulsiones internas. Ella está pendiente del más mínimo detalle y del escenario en su totalidad. Conoce al detalle sus secretos terrenales y espirituales.

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Cuando la maestra de ceremonias está plena y feliz transforma todo lo que toca en movimiento. Nadie mejor que ella sabe qué es lo que necesita cada persona. Sabe interpretar la profundidad de la mirada humana y puede adivinar tu estado de ánimo sólo por tu voz. Eso la convierte en un ser casi mágico al que todo el mundo acude cuando tiene alguna confusión.

Es una mujer intuitiva y resolutiva. Tiene una presencia firme y amable, al mismo tiempo. Su mirada sostiene todos tus miedos y te aporta seguridad y confianza en ti mismo. Es capaz de movilizar a una persona o a un pueblo entero si hace falta. Es una luchadora del amor. El amor que ella tiene lo comparte para recibir el amor del otro y para que crezca la pasión entre todos los amores del mundo. Un amor maternal, filial, sexual. Tibio, firme y explosivo.

Aunque hay veces que confunde lo que es con lo que da. En ocasiones, la maestra de ceremonias de tanto estar pendiente de los demás ya no sabe estar pendiente de sí misma. De tanto dar se ha quedado sin existencias. Ya no distingue entre su necesidad y la del otro. Las mezcla, las proyecta y las expande al mundo. Así,  cuando ella está cansada, el mundo necesita descansar. Cuando ella tiene hambre, el mundo tiene que comer. Y así con todas y cada una de sus carencias.

Acostumbrada a buscar el déficit fuera para colmarlo, sabe qué es lo que se siente cuando el vacío aprieta el estómago y cuando el corazón retumba en tu cabeza. Está harta de escuchar a personas infelices que viven con la angustia de no tener amor, compañía o dinero. Aunque respeta el dolor en el otro, no es capaz de permitirse caer, desplomada, agotada de tanto ir y venir, porque si lo hace se quedará sola y sin nadie que la cuide. Ella siempre tiene que estar dispuesta para los demás.

Así que se enfada. Se enfada con el mundo porque no es capaz de detectar sus necesidades igual que ella lo hace con ellos. Entonces les reprocha su torpeza. Y empieza a registrar la contabilidad de sus entregas, sus escuchas y sus abrazos. Rabiosa porque a pesar de sus esfuerzos, nadie se da cuenta de que su actitud requiere determinadas cualidades que tan solo ella tiene.

Y cuando cree que tiene todo perdido piensa que, al fin y al cabo, para recuperar lo invertido tan solo tiene que pedir de vuelta todos los favores prestados.

 

¿Sueles recordar a la gente los favores que les haces?¿Pides ayuda con facilidad o te cuesta reconocer que necesitas al otro? ¿Eres de los que pregunta si alguien tiene sed, cuando eres tú el que quiere un vaso de agua?