He tenido varios maestros zen en mi vida, todos ellos gatos». Eckhart Tolle.

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La gata de la foto es Maia. Tiene más o menos un año y desde que nació hasta hace un mes estuvo en un campo de fútbol en el que los niños que allí jugaban se dedicaban a darle balonazos y, suponemos, que también algo de cariño porque es bastante pegajosa. A pesar de esos balonazos Maia confía en la gente: es más quiere estar todo el día pegada a la gente. Busca el contacto. Maia es una de mis maestras como antes lo fueron Boli, Lupo, Sirio, todos ellos perros, y ahora lo son Gula y Zafú, dos gatos de seis meses que tengo en casa.

Si rebobino hacia atrás y me voy a mi infancia para mí los animales, a igual que le sucede a Eckhart Tolle, han sido y siguen siendo grandes maestros que me hacen comprender con sus actos y con su presencia lo que no podría comprender de otra manera. Sí, para lo sutil soy burra, así que necesito esos maestros que me recuerden de forma constante lo que de otra forma sería incapaz de tener presente.

¿Qué me han enseñado a mí los animales? ¿Qué he aprendido y sigo aprendiendo de ellos? En el caso de Maia me muestra cada día qué es la confianza. Ella, a pesar del daño que le han podido hacer, sigue confiando en las personas: cuando conoce a alguien se le acerca pidiendo una caricia, ronroneando, sin importarle los balonazos que hayan podido darle y confiando en que va a ser bien acogida. Quiere lo mismo que la mayoría de los humanos, ni más ni menos, sentirse querida.

Ella usa sus tácticas, que es acercarse levantando el rabo, ronroneando, mientras que nosotros usamos las nuestras que tienen que ver con adoptar un carácter, ponerse una máscara con la que nos presentamos ante el mundo. No somos tan diferentes, ¿verdad?

Los perros que he tenido desde pequeña me han enseñado, por su parte, qué es la lealtad y el amor incondicional. Boli, la perra que tuve durante toda mi infancia, se colocaba delante de mi cuna y me protegía, sin dejar pasar a quien no le gustara. Jamás me gruñó ni me mordió por muchas perrerías que yo le hiciera a ella mientras que de Lupo y Sirio aprendí esa mirada incondicional y como la mirada de un perro hacia ti la mayoría de las veces va a ser mucho mejor que la que tú tienes sobre ti mismo.

Hay una frase que, para mí, resume a la perfección lo que aprendí con ellos: «Intenta ser la persona que tu perro cree que eres». El perro siempre te mira con buenos ojos, con lo que Claudio Naranjo llamaría amor admirativo, ese amor que te hace creer que puedes hacer algo por los demás y que puedes darle mucho.

De mis gatos Gula y Zafú, a quienes los tengo desde que tenían un mes y medio, estoy aprendiendo qué es la espontaneidad y el instinto bien llevados. Si alguna vez te has dedicado a observar a dos cachorros de gato habrás visto cómo pueden pasar en un segundo de estar jugando a morderse y gruñirse para, al instante, empezar a lamerse y hacerse carantoñas. Pasar por esos estados de ánimo, transitarlos, vivirlos y desprenderse de ellos es para mí una gran lección de cómo vivir la impermanencia, de cómo estar abierta a ese flujo continuo de estados sin apego.

Y si algo me han enseñado todos los bichos que se han cruzado en mi camino es a vivir en el presente, en el aquí y en el ahora, como si no hubiera un minuto más ni un minuto menos en el reloj de la vida, sólo el presente continuo que al fin y al cabo es donde estamos ahora.

Supongo que por todas estas lecciones que nos han dado los animales tanto a mí como a mis dos socias (sé que compartimos algunas) es por lo que nos hemos decidido a adoptar a Maia en Viventi, hacerle un hueco en la parte que tenemos de oficina para que no le dé la lata a nuestros usuarios, dejarla corretear por la terraza a sus anchas y acariciarla cuando, como ahora, se pone encima del teclado del ordenador pidiendo carantoñas.

Esto es lo que yo he aprendido de los animales, ¿te animas a compartir qué es lo que has aprendido tú?