Cría fama y échate a dormir. Refrán español que hace referencia  a la reputación de una persona. Una reputación basada en actos realizados en un momento determinado, en el que triunfaste o fracasaste, que te van a definir y a condicionarte, en tu totalidad y para el resto de tu vida. Porque si en algo somos expertos es en poner etiquetas a las personas que nos rodean. Y a nosotros mismos.

Desde el coaching, a la expresión “cría fama y échate a dormir” lo llamamos “poner etiquetas“, como ya he dicho antes lo llamamos a poner etiquetas a otras personas y a nosotros mismos.

Hoy me gustaría hablar de las etiquetas sociales, no de las de la ropa, ni las del protocolo.  De las que nos ponemos y las que nos ponen. De la durabilidad y resistencia de las etiquetas. De lo que cuesta cambiarla o quitarla. Del precio que pagamos por mantener la etiqueta. De lo fácil o difícil que nos resulta poner etiquetas.

Y me gustaría que te planearas esta pregunta: ¿tienen fecha de caducidad las etiquetas sociales?

¿Para qué sirven las etiquetas?

Las etiquetas son necesarias porque nos suministran información de nuestro entorno. Si hablo de la etiqueta de una prenda, me dice su precio, talla, composición, etcétera. Las etiquetan son útiles, porque nos ayudan a clasificar los datos de manera ordenada y así creamos un entorno más cómodo y fácil de organizar. Por eso, las etiquetas, en la mayoría de los casos, son denominaciones fijas y rígidas.

Sin embargo, las personas somos dinámicas y flexibles, con sus grados y matices, y el tema etiqueta a veces se nos queda un poco cortito. Esto de la etiqueta, también está muy relacionado con los roles que asumimos desde nuestra infancia en nuestro proceso de adaptación en la familia.

Socialmente, y por lo general, las personas vamos a poner etiquetas a otras personas para adjetivar un rasgo o una manera de actuar, por ejemplo. Al hacer eso, estamos renombrando a esa persona destacando solamente un rasgo, una manera de actuar, de sentir y o de pensar de esa persona.

Puede que nos guste o no, ese rasgo, esa manera de actuar, sentir o pensar de esa persona, aunque eso no es lo importante, lo importante es que solo estamos poniendo atención a un rasgo, o a una manera de sentir, pensar o actuar de esa persona.

Poner etiquetas a las personas

Hay etiquetas que molan un montón, que iluminan, ayudan a crecer, a confiar, a estar más seguro de uno y de una misma, porque al tener colgada esa etiqueta que mola, mis pensamientos, emociones y acciones van a estar impregnados de esa etiqueta molona y poco más voy a tener que demostrar: al fin y al cabo, mi etiqueta me precede.

Y hay que etiquetan que estigmatizan, que ensombrecen, que limitan mi capacidad de acción y me ponen a prueba constantemente para demostrar que yo soy más que esa etiqueta.

No hay etiquetas buenas o malas, hay contextos con sus necesidades y valores que requieren de una serie de cualidades y talentos.

Cuanto más se acerque tu etiqueta a los requisitos afines a ese entorno, más fácil te resultará integrarte en él.

Cuanto más se aleje tu etiqueta de los requisitos afines a ese entorno, más inadaptado o inadaptada te sentirás.

La tiranía de las etiquetas

El proceso de ser etiquetado o etiquetada y etiquetar comienza desde antes de nacer. A veces, incluso antes de ser gestado o gestada y lo continuamos durante toda nuestra vida, en ocasiones, incluso después de morir. Ojito, porque las etiquetas sociales pueden heredarse.

La niña buena, la alegría de mi casa, la cabezona, la interesante, la madrugadora, la púa, la lenta, la seca, la estudiosa, la responsable, la niña ¡aaaaayyyyy!, la chica de la casa, la borde, la poeta, la rarita, la despistada, la cuidadora, la hija de, la chica, la boquerona, la pareja de, etc. Estas son algunas de mis etiquetas. Algunas me las han puesto, otras me las he puesto. Todas son ciertas y todas son parciales.

Todas son verdad y todas son subjetivas.

Todas son ciertas y son verdad porque me describen en un momento concreto de mi vida.

Todas son parciales y subjetivas porque solo describen un momento concreto de mi vida.

Cuando asumes la parte por el todo focalizas tu atención en un aspecto en determinado, ignorando, y a veces, hasta invalidando, el resto.

Esto a la larga pasa factura.

El precio de la etiqueta

El coste de mantener la etiqueta es la aceptación o el rechazo. Las etiquetas van a condicionar y delimitar mi diálogo interno y mis relaciones.

Y si alguna vez fui buena y gustó, ahora resulta que para gustar, tengo que ser buena. Si no soy tan buena como dicen de mi que soy, es que soy una borde. Y ya no gusto tanto.

Porque mi pareja era divertida cuando nos conocimos, y ahora resulta que es un bulto en el sofá. Si mi pareja ya no esta tan divertida como yo espero sea, es aburrida. Y ya no me gusta tanto.

Porque mi papá y mamá eran resolutivos, eficaces y cuidadores. Ahora están mayores y son dificilillos. Si mis padres ya no me resuelven como antes, son una carga. Y me enfado con ellos y con la vida.

Porque mi amigo, agresivo y violento, ahora resulta que ha conocido la meditación y es más místico que Osho. No me creo nada de lo que haga o diga. Nadie puede cambiar de la noche a la mañana.

El precio de mantener el lustro a la etiqueta es, a veces, el inmovilismo, interno y externo. Es algo parecido envejecer siendo un bonsai. Siempre cortando raíces y ramas, para no salirse del tiesto.

El precio de cambiar la etiqueta es, en ocasiones, la falta de credibilidad, interna y externa. Es algo parecido a la inestabilidad primaveral, que nadie se fía de la información meteorológica.

¿Y todo esto de las etiquetas, entonces, es bueno o es malo?

Todo esto de las etiquetas es algo que las pondremos y nos las pondrán durante toda la vida. Sin embargo, es importante tener en cuenta que: las etiquetas tienen matices, grados y son maleables. Es malo creerse las etiquetas, porque entonces te deberás toda la vida a ese rasgo o esa manera de ser. Es bueno aceptar las etiquetas en las que te reconoces, aquí y hora, ellas te han ayudado a conseguir los logros obtenidos.

En los procesos de coaching que emprendemos en Viventi, trabajamos mucho con personas que llegan estresadas, con ansiedad, agotadas o bloqueadas por mantener su etiqueta. Algunas llegan cansadas de ser buenas, otras de ser malas, y otras quieren lanzarse a nuevos proyectos y para ello, necesitan implementar nuevas etiquetas.

En mi caso, trabajo especialmente el estrés al hablar en público. Para la mayoría de mis clientes, el proceso de hablar en público con seguridad y confianza pasa por desbloquear el acceso a etiquetas o rasgos propios que ellos mismos se han censurado.

¿Cuáles son tus etiquetas? ¿Qué etiquetas pones a los demás? ¿Cuáles son las etiquetas que más te gustan?

Espero que este artículo te haya resultado útil. Si crees que puede ser interesante, compártelo. Gracias.