El sincericidio es una especie de huracán

Sincericidio, ¿qué significa esa palabreja que ahora se usa tanto? Ya lo decía Oscar Wilde: que un poco de sinceridad es algo peligroso; demasiada sinceridad, es absolutamente fatal. ¿Existe la palabra sincericidio? Lingüísticamente es un término que no está reconocido por la RAE, así que empiezo mal. Voy a apoyarme en una palabra que no existe. Pido disculpas a los puristas y solicito licencia para utilizar un concepto que se utiliza socialmente, aunque aún no es legal.

Retomando la pregunta: ¿qué es el sincericidio? Me voy a permitir desarrollar una definición totalmente personal. Para mí, el sincericidio es aquella actitud por la que expresando una opinión, valoración o juicio basados en nuestro personal e intransferible mapa mental , nos escudamos en la libertad de expresión para sentenciar nuestra verdad absoluta que el resto del mundo tiene que acatar, sí o sí. ¡El resto del mundo! Hablamos de unas siete mil millones de almas, con sus claros y con sus oscuros. Si todos pensamos así, habría miles de millones de verdades absolutas.

Una de sincericidio

Tiempo ha, mucho tiempo ha, más del que me gustaría, recuerdo que en 5º de EGB (sí, yo también hice la EGB) una compañera de clase me llamaba la defensora de los débiles. Fui delegada de clase en varias ocasiones y me tomaba como algo personal las actitudes que consideraba injustas, dentro y fuera del aula, dentro y fuera de mi familia y dentro y fuera de mi círculo de amigas. Eso me valió varios apelativos, más o menos cariñosos, como el de defensora de los débiles era el más amable, del resto prefiero no acordarme.

El caso es que yo era una sincericida de pro. Apelando a los derechos humanos, a lo correcto y a lo incorrecto, a lo justo y a lo injusto, expresaba mi verdad taxativamente, sin ambages, para que todo el mundo la escuchara (y la acatara, claro). Exteriormente se interpretaba como que era una persona seca, cabezona, borde, luchadora o valiente, según del lado en que cayera el sincericidio. Interiormente, yo tenía la convicción absoluta de que había que remover la mierda para abonar la verdad que crecería gracias a mi sabiduría y buen juicio. (Hablo en pasado, aunque la cabra tira al monte, y fíjense ustedes que escribiendo este artículo evoco episodios recientes en lo que mantengo esa actitud).

Así, me enfrenté a mi familia defendiendo la igualdad y el reparto de tareas entre hombres y mujeres; consideraba que toda la sociedad era hipócrita porque decía digo y hacía Diego; trabajé duro para hacerme un hueco en la jungla de la hipocresía y la mentira; tenía la certeza de que todos los jefes eran unos hipócritas y yo tenía la obligación de hacerles saber que su gestión era nefasta, sobre todo, porque yo consideraba que no estaba siendo reconocida en toda mi plenitud.

Todo esto me lleva a hacerme una pregunta en voz alta:

¿Para qué ejercemos el sincericidio?

Detrás de toda acción está la búsqueda de un beneficio, cubierto o descubierto. Estaría muy bien que nos planteáramos cuál es el beneficio directo de nuestra actitud tan explícitamente kamikaze a la hora de espetar “una verdad como un templo”, sabiendo que estamos quebrando los cimientos de las relaciones que hemos construido. Porque en el fondo, lo sabemos.

En el fondo, el sincericidio surge tras un “esto es intolerable”, “nunca me esperé esto de ti”, “estoy harta de …”, o de un “ya no soporto más”, y el más arriesgado de todos: “ es la última vez que…” (cuidado con lo que deseas, porque se hace realidad).

Y lo que viene detrás de todo eso no puede ser nada bueno: “con lo que yo he hecho por ti”, “porque tú eres…”, “porque tú nunca haces…”. Es entonces cuando hacemos gala de un derroche de sinceridad verdadera, aparentemente espontánea, aunque lleva gestándose tiempo en nuestras tripas esperando el momento idóneo para vomitarla sobre, lo que adjudicamos, la causa de nuestro malestar.

Éstas, a mi juicio, son algunas de las razones del sincericidio: descargar rabia acumulada, liberación de ira reprimida, culpar al otro de un sufrimiento interno, reclamar nuestro sitio, y, aunque resulte paradójico, demanda de atención y amor.

En cualquiera de los casos, el motivo es real, porque así lo vive, lo siente y lo piensa nuestro sinceridida, aunque la ejecución es mejorable.

Perfil del sincericida

Un sincericida es una persona, hombre, mujer, de cualquier edad, que siente que el mundo (puede ser la madre, el padre, la pareja, un amigo, el jefe o el conductor del autobús), le trata injustamente, se siente sometido o que no está lo suficientemente reconocido. Varios de ellos han pasado  por mi consulta de terapia.

Suelen ser personas con unas normas internas rígidas o aleatorias. Da igual, son sus normas las que valen y pueden variar en cualquier momento. El sincericida parte de la base de que él es la verdad absoluta. Tiene la certeza de que lo que dice, lo que hace y lo que siente es lo correcto, la verdad y la única manera posible de vivir cualquier situación.

En definitiva, el sincericida es aquella persona que está poseída por la Verdad y por una sabiduría superior que le otorga el derecho de sentenciar con cada frase y con cada acción.

Tipos de sinceridad a ultranzas

Existen dos tipos básicos de kamikazes de la verdad: el sincericida nato o activo y el justificado o pasivo.

El sincericida nato o activo es aquel que su palabra es ley, norma o decreto. Parte de él mismo como fuente de toda Verdad. Ejerce un proselitismo activo, de su sincerología. El mundo está con ella o contra ella. Todo lo demás es obstáculo o ruido.

Es complicado negociar con este tipo de personas porque en su mapa mental no hay opción para segundas opiniones.
El sincericida justificado es el obediente cumplidor a la espera de una recompensa que nunca llega. Suelen ser personas contenidas o reprimidas que confunden el ser bueno con el acatamiento de las leyes, normas o decretos que dictan otros, negando sus propias necesidades, en pos de aprobación y reconocimiento. Así hasta que una vocecita interior les dice: ¡Basta ya! Entonces, saca el ariete y toda la artillería pesada para derribar el muro de la injusticia en aras de la verdad y en protesta por los trabajos prestados por una promesa incumplida.

Consecuencias del sincericidio

Los daños causados por el sincericidio pueden compararse a los de un huracán de fuerza 5. El sincericida comienza a gestar los argumentos en su cabeza, millones de neuronas dan vueltas en torno a la misma idea generando una fuerza centrípeta que en un momento X desciende y toca las tripas. A partir de ese momento, el giro torna de adentro hacia afuera y el pensamiento se transforma en instinto. La verdad del sinceridicio se manifiesta cargada de ira, rabia, resentimiento, orgullo, soberbia, vanidad, avaricia y todos los pecados, capitales o no, que se le ocurran. Arrasa a su paso con todo lo que encuentra. La reparación de los destrozos es costosa y cuantiosa. El encuadre de la relación ha quedado marcado para siempre. Una vez que se ha destripado, el sincericida queda vacío por dentro y desorientado y el objeto de su ira, roto, por dentro y por fuera.

En mi desarrollo personal he aprendido que el sincericidio es quizás una de las actitudes más difíciles de transformar. Hay que reparar un ego dañado profundamente para entender que la verdad es personal e intransferible. Que hay verdades inamovibles y otras más flexibles. Que la verdad se puede compartir, aunque no se puede imponer y que mi verdad puede ser perjudicial para la salud.

Lo que si puedo decir que es verdad, es que la asertividad, la empatía y la compasión ayudan a comprender las diferentes verdades y puntos de vista de los otros. Que puedo entender, aunque no compartir. Y como decía Aristóteles: “Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella”. Pues sí, esto es el sincericidio.