Si algo  nos caracteriza a la mayoría de los mortales es que andamos buscando el amor. Y cuando me refiero al amor no pienso sólo en el amor de pareja: hablo del amor de los otros, su mirada, su aprobación incondicional. Cada uno tenemos nuestra estrategia aprendida para lograr que ese amor llegue. Hemos aprendido a hacerlo así desde pequeños y ahora andamos repitiendo esas estrategias que nos han dado mejores o peores resultados con el fin de sentirnos queridos.

Algunos pueden buscar el amor dando, siendo personas ayudadoras que se desviven por los que tienen al lado esperando recibir ese amor que puede llegar en forma de agradecimiento o en forma de un «sería incapaz de vivir sin ti». Otros han aprendido a que si son buenos y pasan desapercibidos, todo estará bien y el amor llegará tarde o temprano. Por el contrario, hay algunos que se dedican a ser malos para recibir esa mirada amorosa, para ser vistos.

Estrategias hay casi tantas como personas. El problema es cuando la búsqueda de amor se convierte en un pozo sin fondo que nunca se llega a llenar. No sé si a ti te pasa. Si alguna vez has sentido que no tenías el amor suficiente a pesar de, en apariencia, tenerlo todo. No te llenaba el tener pareja, hijos, ser amado por tus padres. ¡Necesitabas más!

 Ya lo dice el psiquiatra chileno Claudio Naranjo, con quien estoy teniendo la suerte de formarme en su programa SAT, quien explica, en una frase que colgó el otro día una amiga en su muro de Facebook y que ha sido el germen de este post, que para casi todos nosotros «la búsqueda del amor se transforma en una pasión que absorbe tanto que no se puede hacer otra cosa».

El amor que eres incapaz de darte

Esa búsqueda de amor puede llegar a convertirse en el motor por el que nos movemos cada día, por la que emprendemos muchos de los proyectos que llevamos a cabo y por la que somos como somos, aunque no nos demos cuenta. En el caso de las parejas, es habitual que busquemos en esa persona con la que queremos compartir nuestra vida el amor que nosotros somos incapaces de darnos.

 La realidad es que ese amor que andas buscando de forma desesperada en los otros, sólo puedes dártelo tú. Cuando tú aprendes a amarte como estás buscando que te amen, es cuando de verdad puedes amar y sentirte amado. ¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que buscas en el otro cuando buscas amor? Puede ser que te cuide, que te ame de forma incondicional, que te dé la autoestima que tú no tienes, que se dé cuenta de lo que vales, que te dé calor…

Motivaciones hay muchas, repito. Lo importante, y la pregunta que le hago a mis clientes de coaching y de terapia con los que trabajo su relación con el amor, es saber qué andamos buscando que nos dé el otro. ¿Te lo has preguntado alguna vez? Si no lo has hecho, te invito a que lo hagas ahora, que te preguntes qué es lo que buscas en una relación de pareja, de amistad o con tus seres queridos, como tus padres.

¿Te das lo que buscas?

Una vez que hayas detectado qué es lo que buscas me gustaría hacerte una pregunta. ¿Eso que andas buscando te lo das tú? Los que buscamos que nos cuiden, no nos solemos cuidar nosotros. Los que queremos amor incondicional, tampoco nos queremos de forma incondicional. Así que el primer paso para amar a los otros es, por chocante que resulte, amarse a uno mismo.
A partir de ahí podremos amar de verdad.

Y para rematar el post te dejo este breve cuento que he sacado del blog ‘Ser para educar’ sobre la reina Malika y su forma de amar:

La reina Malika, esposa del rey Kosala, fue una de las primeras damas que se convirtieron al budismo. El rey no era budista, pero la quería mucho. Una noche de luna llena, en la que ellos se sentían muy románticos, el rey le preguntó, “querida mía, ¿a quién amas más?”, esperando que ella respondiera, “por supuesto, majestad, es a vos a quien más quiero”.

Pero siendo budista, ella dijo, “sabes, querido, me quiero más a mí misma.” A lo que el rey contestó, “sí, lo cierto es que, si me pongo a pensar, yo también me quiero más a mí mismo.”

Al día siguiente, fueron a ver a Buda, y Buda les dijo, “todos los seres se quieren más a sí mismos. Si te quieres más a ti mismo, entenderás que los demás seres también se quieran más a sí mismos. Y el mejor modo de quererte a ti mismo es no explotarte. Si cultivas la avaricia, el odio y el engaño, te estás explotando al máximo.”

“El paso siguiente -dijo Buda al rey y a la reina- es no sentir que sois superiores a los demás. Para mí, esto es parte de la libertad. Si practicáis el sentimiento de no ser superiores a los demás, también debéis practicar el sentimiento de no sentiros inferiores a los demás. Y, por último, se os enseñará a no sentiros iguales a los demás. Entonces, podréis ir más allá del dualismo y, una vez que vas más allá del dualismo, es posible ser con el otro”.