Para mí escuchar a Claudio Naranjo es siempre clarificador y reconfortante. Para mí es mi maestro. A través de su programa SAT he recorrido el camino de encontrarme a mí misma, de, como me dijo en una ocasión Claudio, volver a casa. Así que verlo y escucharlo hace unos días en el encuentro que tuvo en Barcelona con más de 3.000 personas fue inspirador, aunque fuera desde casa y en ‘streaming’ (si quieres ver la grabación puedes hacerlo aquí).

No sé el porqué, pero la mayoría de las veces que escucho a Claudio hay algo que se me queda y que ando masticando durante varios días. En este caso ha sido lo que contó sobre el animal interior.  Decía Claudio en este encuentro que los seres civilizados que habitamos el mundo hoy en día hemos perdido la espontaneidad profunda y que, de alguna manera, hemos enterrado lo que podríamos denominar nuestro animal interior.

El periodista y editor de la editorial La Llave, David Barba, moderador del encuentro en el que estuvo acompañado de la terapeuta Asunta Hormaechea y del maestro de actores Juan Carlos Corazza, le preguntó al inicio del acto qué es exactamente la transformación y cómo se puede saber que una persona está transformada.

Claudio aludió a que una manera de entenderlo es diciendo algo sobre las personas no realizadas. «Las personas comunes y corrientes estamos acuñadas como de una manera semejante, hemos atravesado por algo que mitológicamente se llama la caída del hombre y es lo que podía llamarse la degradación de la conciencia, un empobrecimiento de una conciencia que  es como vivir en una isla de nosotros mismos o de una isla dentro del propio cerebro», explicó Claudio, quien incidió en que «vivimos en un ego, en un yo pequeño, cuando somos un yo oceánico que no es diferente del yo del otro».

Estos seres caídos, ¿qué es lo que hemos perdido? ¿De dónde proviene esta caída? Una de estas perdidas, detalló, tiene que ver con la creencia, como seres civilizados que nos consideramos, de que no podemos ser como los animales. «La visión que tenemos los seres civilizados de lo animal es que los animales son unas bestias malignas», explicó, y opinó que «no sabemos hasta qué punto hemos criminalizado el simple placer que es el signo de la vida instintiva«.

«Es algo tan difícil de explicar cómo llegamos los seres civilizados a decirle ‘no’ a la sabiduría organísmica del instinto», se lamentó este psiquiatra y escritor chileno, fundador del Programa SAT y desarrollador de la psicología de los eneatipos. «Es como prohibirle a los árboles que vuelvan sus flores hacia el sol o que echen sus raíces hacia donde hay agua. Son muy sabias las plantas en saber donde hay agua», detalló.

«Los seres civilizados tenemos un control tan grande que la mayor parte de nuestros problemas psicológicos es por exceso de control», opinó. «Es la desobediencia lo que se quiere evitar imponiendo obediencia a ciertos patrones y normas, pero para tener seres obedientes es necesario que nos desobedezcamos a nosotros mismos. Hay que negar que haya algo dentro de nosotros mismos a lo que haya que obedecer», explicó.

Creo que las palabras de Claudio me tocaron en especial porque últimamente ando dándole vueltas a esto de la pérdida del instinto, a lo que podríamos llamar la domesticación y a cómo aprendemos a replegarnos desde niños para ser queridos y amados. Esta domesticación supone, como dice Claudio, renunciar a nuestro ser real y a lo que en realidad queremos expresar.

Mi perra Guía, que lleva ya con nosotras un año, y mis gatos me ponen cada día por delante lo que es vivir conectados con el instinto: duermen cuando tienen la necesidad, comen cuando lo necesitan, juega cuando les apetece y viven el momento como sólo ellos saben hacerlo. He de confesarlo pero en más de una ocasión siento envidia de ese saber estar presente en lo que hay, en vivir el momento sin más preocupación y sin más consideraciones que estar en lo que hay. Los gastos son auténticos maestros zen, como dice Eckhart Tolle en su libro ‘El poder del ahora’.

La pérdida de la instintividad, como dice Claudio, es buena parte del problema. Lo veo a diario en mí misma y en la gente que me rodea: no hacer caso a nuestro  instinto, a nuestro animal interior, es lo que nos aparta constantemente de quienes somos en realidad porque nos aparta de nuestros deseos más profundos y, por tanto, nos aparta también del YO SOY con mayúsculas.

Desde pequeños hemos aprendido a domar nuestro instinto en ese proceso de domesticación llamado escuela y educación y, ahora, cuando de adultos queremos saber qué necesitamos o qué queremos de verdad, no sabemos cómo acceder a esa sabiduría interna, a esa sabiduría que ya está dentro de nosotros.

¿Cómo te llevas tú con tu instintividad? ¿Le das salida o crees que es un monstruo al que debes reprimir a toda costa? ¿Vives en conexión con tu animal interior?