Hoy es el día de San Valentín. Regalos adornados con flores, cenas románticas y promesas de amor eternas que, en la mayoría de los casos, acabarán en el cubo de la basura. Porque si algo tienen las relaciones en este momento en el que vivimos es que son caducas. Monogamia secuencial, la llaman algunos. En este panorama, enamorarse de uno mismo no está para nada bien visto.

La paradoja es que la única relación que dura para toda la vida es a menudo la que más descuidada tenemos, a la que menos miramos, a la que menos invitamos a cenar y a la que menos regalamos. Esa relación es la relación con nosotros mismos que, como he dicho antes, dura para toda la vida por mucho que nos pese y por muy penalizado que esté.

Porque enamorarse de sí mismo no suele estar bien visto. Para escribir este artículo he hecho una búsqueda rápida en Google del término «enamorarse de uno mismo» y cuál ha sido mi sorpresa al ver que las entradas sobre esta frase van asociadas al narcisismo y a la enfermedad, cuando en realidad es una necesidad tan grande como respirar el aire.

Si lo piensas bien, ¿cómo vas a poder enamorarte de alguien si primero no te amas a ti? ¿Cómo vas a poder tener el respeto que te mereces en una relación si primero no te respetas a ti? Aquí hay un concepto vital que es el de ‘familia interna’. Tiene que ver con nuestro padre interno, con nuestra madre interna y con nuestro niño interno también, en definitiva, con la teoría de los tres amores de Claudio Naranjo.

Si estos tres amores están equilibrados dentro de nosotros, si tenemos un padre y una madre nutritivos y comprensivos y un niño espontáneo e inocente, podremos ir libremente a la pareja. Pero si estos tres amores están desequilibrados, buscaremos fuera lo que somos incapaces de darnos dentro y sentiremos la frustración, la ira y el desengaño porque esa persona que está fuera y de la que tanto esperamos jamás será capaz de llenar aquello que somos incapaces de darnos.

¿Cómo hacerlo? ¿De qué forma enamorarnos de nosotros mismos? ¿Cómo lograr amarnos tanto como amamos a los demás? Porque lo habitual es que amemos mucho más al de fuera de lo que nos amamos a nosotros mismos. Esperamos que la pareja cubra todos nuestros huecos, nuestros agujeros, nuestras ausencias y, lógicamente, esos huecos y esas ausencias quedan sin cubrirse porque en la mayoría de las casos la persona con la que estamos también tiene los suyos, sus carencias, sus heridas.

Y la realidad es que al final son dos niños heridos los que forman las parejas, dos niños que buscan cada uno en el otro el llenarse, buscan el padre o la madre ideal que no estuvo. Buscan el consuelo, que el otro llene lo incompleto, lo inconcluso y ahí es muy difícil crecer, tanto de forma individual como en pareja, porque hacemos al otro responsable de nuestra felicidad cuando la responsabilidad de esa felicidad es nuestra y sólo nuestra.

Enamorarse de uno mismo

Para enamorarse de uno mismo es necesario descubrirse. Al igual que en una historia de amor vamos conociendo poco a poco a la otra persona, para querernos y amarnos es necesario conocernos, comprendernos y saber nuestras motivaciones.

Saber qué es lo que nos mueve, cómo nos movemos en la vida, cuáles son nuestras heridas y también saber cuáles han sido nuestros logros y nuestras batallas ganadas. Porque si algo hay importante es tratarnos con la misma compasión con la que tratamos a los seres queridos. Y para que aparezca compasión es necesario que haya entendimiento sobre nosotros.

Lo veo en mis sesiones de coaching, cómo llegan personas a trabajar conmigo que sufren porque se tratan con una dureza extrema. ¿Tratarías así a tus hijos, a tu pareja o a tus padres? En la mayoría de los casos, cuando se lo pregunto, me dicen que no, que a sus seres queridos sí que los tratan con amor y que cuando se equivocan o están mal, ese amor se redobla y se fortalece.

¿Cuántas veces te juzgas con dureza a lo largo del día? ¿Cuántas veces te dices ‘deberías ser así’ o ‘deberías hacer esto o lo otro’? ¿Te imaginas tratando así a alguien que amas de forma continua? Me apuesto lo que quieras a que no tratas tan mal como te tratas a ti a las personas a las que quieres.

Amarnos tanto como a los demás

Porque la clave es ser capaces de amarnos como amamos a los demás, con la misma incondicionalidad y poniéndonos los mismos límites amorosos, esos límites que velan por nuestra salud física y mental. Porque el límite, por mucho que nos cueste aceptarlo, también forma parte del amor y amarme a mí mismo significa dejar de trabajar 14 horas al día, cuidarme con la comida o apartarme de las relaciones que ya no me hacen bien.

Un buen test para saber si nos amamos a nosotros mismos tanto como a los demás es preguntarnos si a esa persona que más queremos la trataríamos como nos estamos tratando a nosotros en este momento. ¿Qué le dirías a esa persona que tanto amas? ¿Cómo le hablarías? ¿Cuáles serían tus consejos? Esos consejos que le darías también te vendrán bien a ti en ese momento difícil.

¿Sientes que te amas a ti mismo? ¿Cómo lo haces? ¿Qué te impide tener contigo el mismo amor incondicional que con las personas que te rodean? Me encantaría leerte ahí abajo, en los comentarios.