palabras

Las palabras tienen un efecto en nosotros y generan una realidad. Pueden tener un poder sanador o destructor. No es lo mismo que de pequeño te dijeran «eres tonto» a que en un momento determinado uno de tus padres afirmara que habías «hecho una tontería». Lo primero marca, es así, inamovible, lo segundo es circunstancial, puntual.

Ésta es una de las bases de la Programación Neuro Lingüística, más conocida como PNL, creada en los años setenta por Bandler y Grinder, quienes se dedicaron a estudiar el modo de comunicar de grandes terapeutas de la época como Virginia Satir, Fritz Pearls y Milton Erikcson. Analizaron qué hacían y cómo lo hacían y de ahí nació el libro ‘La estructura de la magia’ que sienta las bases de la PNL, en cuyo conocimiento he tenido la suerte de sumergirme durante diez días de la mano de Robert Long, Sol Martínez y Bernardo Armas en el Institut Integratiu de Barcelona.

Eso de que las palabras tenían un poder en nosotros y crean una realidad es algo que yo ya sabía. Más de 15 años trabajando como periodista han sido suficientes para comprobar que la realidad que se crea depende muchísimo de cuáles son las palabras elegidas para transmitirla: basta con pensar que hace unos años los españoles éramos europeos de primera con poder adquisitivo que debíamos invertir en ladrillo porque jamás bajaría el precio de la vivienda. Sin embargo, sólo unos años después, hemos pasado a vivir por encima de nuestras posibilidades y a permitirnos lujo fuera del alcance de nuestra mano. Por no repetir esa frase que mencionaba el otro día en un post de ‘por suerte, tengo trabajo’, ahora tan de moda.

¿Tanto ha cambiado la realidad en estos años? ¿No será que lo que ha cambiado es la visión de la realidad que tenemos o que nos trasmiten? En PNL también se habla del reencuadre. Reencuadrar es simplemente ver la misma realidad desde otro punto de vista. Si alguien, por ejemplo, se queja de que es perezoso la labor del terapeuta o del coach que usa PNL será hacer ver a su paciente o a su cliente la intención positiva de esa actitud. «Quizás es que necesitas más horas de sueño que el resto de las personas», le puede decir. Ahí las palabras tienen un poder sanador, potenciador. Es ver la misma realidad pero desde otro punto, un punto posible que ya está ahí y que existe. Es ser relativo, flexible con los conceptos que guían nuestra vida, flexible con el lenguaje y con la vida misma.

Al igual que el reencuadre se puede usar para sanar también se puede usar para culpabilizar y para ver el lado negativo de la vida.  ¿No es lo que hacen constantemente algunos políticos con lo que sucede? ¿No es lo que hacen también los medios de comunicación dando titulares diferentes de la misma noticia?

Llevado a cada uno de nosotros, es interesante observar cómo es nuestro diálogo interno. ¿Cuál es la manera que tenemos de hablarnos a nosotros mismos? Ahí está toda la información sobre quienes creemos que somos, sobre cómo nos proyectamos. Si nos decimos que, por tener un error en el trabajo, somos inútiles, ahí existe una gran carga negativa. Si, por el contrario, al tener un fallo simplemente nos decimos que todas las personas fallan en algún momento y que es normal que a veces cometamos errores, la carga negativa es mucho menor.

Poner la atención en esas palabras que nos decimos a nosotros mismos puede ser una toma de conciencia muy poderosa. Saber cómo nos hablamos a nosotros mismos, qué nos decimos y si lo que nos decimos tiene un efecto reparador o destructor.

Pregunta poderosa

¿Qué palabras me digo a mí mismo con connotaciones negativas?