«Yo soy de perrros», es el mantra que llevo repitiendo desde que tengo uso de razón. «Tengo gatos, pero en el fondo soy de perros», no me sonrojo en decir cada vez que hablo con algún cliente sobre animales a cuenta de tener un gato en el trabajo.

Maia se llama la gata que tenemos en Viventi y que nos acompaña cada día en el trabajo. Es más, no sólo nos acompaña, incluso en más de una ocasión me ha ayudado en las sesiones de coaching wingwave. ¿Qué como pueda ayudar en una sesión de coaching wingwave un gato? Más abajo te lo cuento.

Porque la pregunta que toca ahora desvelar es cómo alguien es tan de perros ha acabado teniendo un gato en el trabajo como esas empresas japonesas que adoptan gatos y acaban aumentando la productividad. A veces ni yo me lo explico.

Maia llegó a Viventi por casualidad. O tal vez no. Quién sabe. Más de una vez habíamos dicho que Viventi era un buen lugar para que viviera un gato, porque nuestra escuela está ubicada en una típica casa de pueblo, en el centro de Arroyo de la Miel, con una planta baja en la que tenemos la sala, una intermedia, donde están los despachos, y una gran terraza que da a su vez a otras terrazas y que, pensábamos, podía hacer las delicias de cualquier felino.

Leonor Cabrera habla con Maia, la gata que vive en Viventi. Foto cortesía de Isabel Barranco.

Conversando con Maia, nuestra gata, durante un taller que hemos hecho este fin de semana. Esta foto, hecha por Isabel Barranco, es la que me ha impulsado a escribir este post.

Cómo llegamos a tener un gato en el trabajo

«He tenido varios maestros zen en mi vida. Todos ellos gatos». Eckhart Tolle.

Un día que tocaba vacunar a mis gatos, los dos que tengo en mi casa y que estaban recién adoptados. La veterinaria me preguntó si no querría una gata. La habían recogido de un campo de fútbol, donde algunos niños se dedicaban a tirarle balonazos, y una señora que se dedicaba a intentar darle una segunda vida a gatos con este tipo de historia había pagado su castración y el chip, de modo que estaba lista para la adopción. De aquello hará en julio tres años.

Parecía una gata caída del cielo. Más de una vez habíamos hablado Pilar, mi hermana y yo (las tres personas que por aquel entonces trabajábamos en Viventi) que estaría muy bien tener un gato, pero que lo ideal sería que nos llegara ya con el chip y con la castración porque en aquel momento nos venía muy largo invertir en eso. Estábamos arrancando y lo económico no era precisamente fácil.

Maia era lo que habíamos pedido al Universo y cuando el Universo te da lo que pides, hay que decir que sí.

Foto de Maia hecha por Pilar Pineda

Foto de Maia hecha por Pilar Pineda

El primer día que estuvo en Viventi se mostraba esquiva. Llegaba, se acercaba y se iba con rapidez, aunque poco a poco fue cogiendo confianza hasta ser la gata que es hoy, una gata con un don para la terapia y el coaching.

Ya sé que si alguien a quien no le gusta los gatos ha llegado hasta aquí pensará que estoy loca, o si no loca por completo al menos medio loca. Quizás es lo que dé tener un gato en el trabajo. Una especie de amor felino incondicional.

Cómo me ayuda nuestra gata en las sesiones de coaching

Pero, varios clientes lo pueden atestiguar, Maia tiene un don para esto del coaching. El tipo de coaching que yo hago es el coaching wingwave, en el que puede haber grandes descargas emocionales. De hecho, se le llama también coaching emocional.

Nada más llegar Maia a Viventi, tenía un espacio acotado para ella. Tenemos una pequeña cocina y si la puerta se cierra, Maia puede disfrutar de toda la parte de arriba sin molestar a los clientes. Al principio, el plan es que aquel fuera su territorio. Ya sabéis: hay gente con alergia a los gatos y a los que le dan miedo, así que para respetarlos pensamos que lo mejor era que su movimiento estuviera limitado a ese espacio cuando los clientes estuvieran por allí.

Maia en mi despacho, donde hago coaching. Foto de Pilar Pineda.

Maia en mi despacho, donde hago coaching. Foto de Pilar Pineda.

Poco a poco la realidad se impuso. Eso es lo que da tener un gato en el trabajo. Maia fue ocupando cada vez más sitio, hasta el punto de que había veces que yo entraba con un cliente a una sesión y ella se colaba con rapidez en el despacho. «Voy a echarla», decía yo apurada. «No hace falta. A mí no me importa que esté dentro», me decía esa persona que estaba a punto de entrar a sesión.

Así que Maia, poco a poco, fue eligiendo con quien entraba a sesión. Recuerdo un día, al principio de hacer yo sesiones de coaching wingwave, en el que vino una clienta bastante revuelta. Nada más llegar a Viventi Maia se pegó a ella e insisitió en entrar a la sesión maullándome con mala baba cuando fui a cerrarle la puerta para evitarlo. «Déjala entrar. A mí no me importa», me dijo la clienta. La dejé entrar y nada más empezar el trabajo con wingwave se montó en su regazo mirándome con eso ojos de «tú no me echas de aquí ni con agua caliente».

Ese día, mi clienta tuvo una gran descarga emocional durante el trabajo. Maia permaneció en todo momento en su regazo. Parecía estar ahí dándole fuerzas, acompañándola a transitar por ese túnel que le tocó pasar ese día. Nada más acabar de llorar, Maia saltó al suelo y se fue de la sala con la cola levantada. «Misión cumplida», parecía decir.

Esta escena se ha repetido en varias sesiones -mis clientes pueden atestiguarlo-, en las que ha ayudado a esas personas con su presencia callada, cálida y peluda a transitar por esos momentos duros de revivir emociones pasadas dolorosas. Incluso nos ha acompañado en la primera formación de coaching wingwave que hicimos en Viventi, en la que también protagonizó una escena parecida a la que os he contado.

¿Estamos locos aquellos que tenemos gatos en el trabajo? No sé. Lo que sé es que a mí me ayuda. Es un aliciente más para ir cada mañana a Viventi. Y ayuda a mis clientes, que a fin de cuentas es lo importante. ¿Y qué hacemos con aquellos que tienen alergia a los gatos o le dan miedo? Siempre le podemos hacer, cortesía de la casa, un wingwave para tratar ambas cuestiones. Todo sea porque Maia siga con nosotras.