Quienes me leéis ya sabéis que llevo una época un poco coaching-escéptica. Entendedme bien. Lo que produce mi escepticismo no es el método en sí, sino los lugares comunes a los que pretendemos llegar las personas que nos dedicamos a esto del desarrollo personal y que a veces nos llevan a pintar un mundo de rosas en el que todos los pensamientos tienen que ser positivos y en el que si no hacemos algo es porque no nos da la gana.

En los últimos meses he escrito un par de posts sobre esto: el primero sobre esas creencias demasiado positivas que intentan grabarse a fuego algunas personas y que, creedme (yo lo he visto), pueden acabar arruinando tu vida. Y el segundo sobre por qué pensar siempre en positivo no sirve para nada.

Ahora llega el tercer post de lo que ya podemos empezar a llamar una serie y en el que voy a intentar contarte porqué es aconsejable procrastinar de vez en cuando o, dicho en un lenguaje apto para todos los públicos, porqué de vez en cuando es recomendable e incluso positivo vaguear y dedicarse a hacer nada.

Sí, dedicarse a hacer nada en este mundo en el que el tiempo es oro, en el que no tenemos tiempo para nada y en el que hay que saber gestionar muy bien las horas del día. Te lo digo ya, pero si alguna de estas tres creencias que acabo de mencionar es tuya, tienes todas las papeletas para ser una persona estresada y es muy probable que estés leyendo este artículo porque el título te ha roto más de un esquema.

Si este es tu caso, debes saber que las personas no estamos preparadas para estar todo el día haciendo sin parar. No sé si lo sabes pero el estrés es uno de los problemas de salud que irrumpe con más fuerza en el panorama médico nacional, hasta el punto de que el 42% de los españoles sufre estrés de forma continuada.

El exceso de actividad unido a la falta de tiempo y los problemas de cansancio y de sueño son las causas más frecuentes de estrés en nuestro país, según la encuesta Cinfasalud a la que tienes acceso en el enlace anterior. El exceso de acción, en definitiva, es el causante de este estrés que ya podemos llamar endémico y que, me atrevo a aventurar, a alguno nos ha afectado (me incluyo ahí) en algún u otro momento.

 

Si te paras a pensar, el día a día de la mayoría es una carrera de obstáculos que se inicia con el sonido del despertador que nos saca de la cama a toda leche. Lo siguiente es llegar a la hora marcada al trabajo, apurando los minuto para hacer eso que tenemos que hacer antes. Algunos pasear al perro, otros llevar a los hijos al colegio o quizás ir al gimnasio. Y, para muchos, llegar al trabajo es contactar de forma directa con miles de fuentes de estrés que disparan el cortisol y hacen que nuestro cuerpo se dispare.

Hombres de las cavernas contra mamuts

A los clientes que vienen a hacer sesiones conmigo debido a problemas de estrés laboral, lo primero que les digo es que se imaginen como hombres de las cavernas corriendo delante de mamuts que los persiguen. Para algunas personas, ese gran mamut que está a punto de engullirlos cada dos por tres es su trabajo y cada estímulo que se encuentran a lo largo del día relacionado con ese trabajo es un chute de cortisol que el cuerpo les da. ¿Quién puede relajarse así?

En este mundo en el que es un valor hacer sin parar también es necesario vaguear. A mí me gusta mucho el término autorregulación organísmica procedente de la Gestalt y que tiene que ver con un «vivir hacia dentro», como lo define Claudio Naranjo. Ese vivir hacia dentro significa estar pendiente de los procesos internos de cada uno, haciendo caso a la intuición más que a la razón.

En palabras de Joan Garriga, confiar en esta autoregulación tiene que ver confiar en la existencia de «una fuente de vida misteriosa (que no puede ser cartografiada intelectualmente) de la que mana algo bueno a la que intuitivamente nos podemos confiar y nos dirige a la realización de nuestra potencialidad, al igual que una semilla de bellota conduce naturalmente al crecimiento y plasmación de un bellotero único». Esta fuente misteriosa de vida se abre camino a través de impulsos espontáneos «a los que es mejor ceder y respetar, en lugar de imponer la tiranía de la voluntad y el control como único sistema de orientación».

Estos impulsos espontáneos a veces tienen que ver con hacer nada, con parar, con, esa palabra tan de moda, procrastinar. Parar y hacer nada implica implica a veces entrar en contacto con nuestro yo más profundo, eso que podríamos llamar con nuestro ser, y a partir de ahí puede surgir un movimiento más auténtico que exprese realidad quienes somos y hacia donde vamos.

Hacer por hacer nos puede desconectar de esa esencia, ponernos en lo que podríamos llamar modo autómata y que nos aparta de ese germen que hay dentro de nosotros, de esa semilla que tenemos dentro y que necesita el agua y el abono necesarios para comenzar a crecer y a la que de forma habitual no le damos espacio.

Vaguear, procrastinar, hacer nada o como tú bien quieras llamarlo, puede ser una manera de dejar que esa semilla vaya creciendo, expandiéndose y que dé los frutos que tiene dentro para dar.

Ya he contado alguna vez que esto lo vi claro en un retiro de aislamiento de nueve días en el que sólo podía meditar, pintar y escribir. Jamás había pintado. Es más. Pensaba que era algo que se me daba fatal. Empecé a pintar sin saber cómo y descubrí que incluso tenía un estilo propio, que estaba en mí y que jamás había sacado. En cuanto a la escritura, escribí medio libro que aún tengo pendiente de acabar. La paradoja es que en esos nueve días sin hacer nada escribí mucho más que lo que he escrito en los más de 14 meses que han pasado desde entonces y en los que ando tan atareada.

¿Cómo te llevas tú con eso de vaguear? ¿Eres capaz de hacer nada o necesitas la actividad incesante? ¿Cuáles son los problemas que te genera el no parar en la vida?